Diego Castaño López

Después de un laborioso proceso de oposición, comparece la gratificación de la responsabilidad cumplida. También el reconocimiento a Vicente, mucho más que un simple instructor, antes que nada un maestro con quien avanzar en el conocimiento integral de los muchos recovecos de las disciplinas de Historia, Geografía e Historia del Arte. Progresión y perfeccionamiento que con él tienen  la presea de lo creativo y, por tanto, del riesgo, pues eso significa adentrarse en los corredores de una oposición tan fascinante como la nuestra, en el dédalo del saber desde el entusiasmo, el rigor y la exigencia.

Es primordial referir el relieve que Vicente otorga a las cualidades del discernir, del cotejar, del explorar lo oculto y redescubrir lo que, quizá, permanece olvidado. En mi caso ha sido el impulsor que me ha facultado para levantar y consolidar el andamiaje de un edificio intelectual en el que se establecen analogías, se extraen conclusiones que son veredas por las que transitar y no dogmas incontestables.

Además de los conocimientos –las informaciones, objetos o instrumentos que se enseñan y se aprenden en las diversas especialidades de la oposición-, Vicente posee y ofrece criterios y no se encadena exclusivamente a la aridez del dato. La palabra es para él la senda del discurso lógico, el vehículo perfecto para la transmisión de significados, atendiendo, asimismo, a la expresión corporal. La palabra como ejercicio de autonomía y de ilustración, como fermento de planteamientos, nudos y desenlaces amplios. Bien podría aplicarse con él la divisa del capitán Nemo: mobilis in mobili, epítome de todo opositor y trabajador de la docencia, siempre avanzando y descubriendo.

Diego Castaño López